30ª Edición

2002

UNA IRRESISTIBLE LUCIDEZ

Lo primero que llama la atención de la casa de Vicente Aranda son las paredes. Las paredes de la casa de Vicente Aranda son blancas y están desnudas. No hay colgado en ellas ni un solo cuadro, ni una fotografía, ni un adorno. Vicente Aranda respeta demasiado el arte, la pintura y la fotografía como para que cuelguen de cualquier pared. Aunque sea la suya.

Vicente Aranda es un tipo esencial y su cine también lo es. Desde 1964, lleva 38 años dirigiendo películas donde, como en sus paredes, también ha prescindido de cualquier artificio que les pudieran restar algo de verdad. Esa es otra de las claves de Aranda. La verdad. Una rabiosa sinceridad. Da la impresión de que Vicente dice todo lo que le pasa por la cabeza, algo sumamente reconfortante en un mundo dominado por la impostura.
Esa postura radical provoca, con frecuencia, que sea considerado un bicho raro. A mí me parece que es un tocacojones genial, alguien que despierta a menudo el niño que lleva dentro para decir en voz alta lo que muchos piensan y nadie se atreve a decir con esa insolencia y esa verdad.

A través de sus películas, Aranda ha indagado con extrema clarividencia en las pasiones humanas. Buena parte de las historias y de los personajes que le cautivan caminan cerca de la locura, los celos, el sueño remoto de cambiar el pasado, la imposible felicidad o la tiranía del sexo y de los sentimientos. Otra de sus obsesiones ha sido retratar el lado oscuro de la España del siglo XX e ilustrar cómo todos hemos sido zarandeados por una realidad y un país que demasiadas veces han actuado como una verdadera apisonadora.
Además de deberle algunas de las películas más potentes, atractivas y extrañas de las últimas décadas, el cine español nunca le agradecerá bastante el haber hecho estallar el inmenso talento de Victoria Abril, Maribel Verdú y Pilar López de Ayala, tres perfectos símbolos de tres generaciones sucesivas de nuestro cine.

El inolvidable José Luis Guarner sostenía, y tenía razón, que el cine de Aranda emparentaba, de algún modo, con Luis Buñuel y Alfred Hitchcock. Tal vez lo decía por el humor, el erotismo, el romanticismo camuflado y ese interés en bucear en los abismos de la condición humana. Su cine también respira el espíritu de la nouvelle vague, un rotundo amor por la experimentación, el riesgo y la vanguardia y una absoluta necesidad de plantearse retos que le mantengan despierto.

Entre los numerosos atractivos de su personalidad, destacan la declarada guerra a la mediocridad, su simpatía por los perdedores, la capacidad para convertir la duda metódica en una manera de estar en el mundo, su ternura soterrada, el libertario sentido de la vida o la terca militancia contra la estupidez. Los aficionados a subrayar tópicos lo tienen fácil para explicar su tendencia a la obstinación: su madre era oscense y su padre zaragozano.

Pero no estoy seguro de que resulte tan sencillo encontrar el origen de esa irresistible lucidez.

Luis Alegre

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario