30ª Edición

2002

Ha pasado mucho tiempo desde que René Clair bromeara a propósito de un hombre, un gran admirador de la protagonista de una película que noche tras noche, acabada la proyección, esperaba impaciente en la puerta del cine la salida de la actriz con un ramo de flores.

Probablemente en la puerta del cine habrá ahora en su lugar un quiosco de palomitas y seguramente el que las vende no ve películas.

Han cambiado mucho las cosas, y la oferta audiovisual aumenta a un ritmo solamente comparable al escalofriante descenso de la capacidad del espectador para asimilarla. Así que resulta cada vez más escasa la oportunidad de disfrutar, identificarse, verse reflejado, divertirse formarse o comprender el mundo en el que vivimos a través de las imágenes.

En ese contexto es sorprendente la labor del festival de Cine de Huesca, que recluta espectadores y motiva a una ciudad entera proponiéndole una cita anual con el cine.

En cada nueva edición, se produce el encuentro entre jovencísimos cineastas que presentan sus primeras obras y autores consagrados que reciben emotivos homenajes junto a sus mejores colaboradores. En esa fiesta generosa no faltan atenciones para nadie.

Toda la ciudad por unos días se convierte en un gran cine por el que desfilan todos los géneros cinematográficos imaginables, en formato de cortometrajes.

Cada año el festival incluye en la programación una sección que recorre la trayectoria de distintas escuelas de cine en reconocimiento a la importante labor formativa que llevan a cabo.

En esta edición  ESCAC (Escuela Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya) se presenta en Huesca y a mí eso me toca muy de cerca. Fui la madrina de la primera promoción de graduados superiores que recogieron su título en el paraninfo de la Universidad de Barcelona.  Formo parte, con orgullo, de esa peculiar familia cinematográfica que se expande contra viento y marea y en la que profesores y alumnos comparten y debaten apasionadamente la elaboración de cada proyecto.

Eso sí hay que considerar que eso ocurre en Cataluña donde los recursos son mínimos y el esfuerzo, titánico. Aún así su espíritu dinámico y tenaz, que espero se note estos días, se ve perfectamente en los cortometrajes que se van a exhibir.

En poco tiempo ESCAC ha despertado un gran interés en el sector cinematográfico. Los numerosos premios que recibe, van dando satisfacciones y dejan constancia del alcance, seriedad y rigor de sus propuestas.

Josep Maixenchs, el director, como en las buenas películas, ha sabido rodearse de un equipo excelente formado en parte por ex-alumnos que se han convertido en poco tiempo en íntimos colaboradores. Ésa es seguramente una de las mejores muestras de la vitalidad de esta escuela.

Desde Barcelona se llega a Huesca en tren. Un medio de transporte de película: un largo travelling recorre un paisaje montañoso que para nada anuncia esa joven y entusiasta actividad en unas calles llenas de ideas, intercambio y sensibilidad. Colas de espectadores y brillantes oportunidades para los que empiezan. Una apuesta que ya se ha convertido en tradición.

Estoy deseando subirme a ese travelling en un plano secuencia para ver proyectada esa película, formada por muchos cortos, muchos sueños y confío en que mucho futuro.

Que nadie olvide al salir de la proyección fijarse en un hombre que esperará impaciente, con un ramo de flores, la salida de los alumnos. Se llama Josep Maixenchs.

Rosa Vergés

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