33ª Edición

2005

Hace medio siglo la cultura en México se benefició con la aparición de las ediciones Estaciones y Revista Mexicana de Literatura. El dramaturgo Emilio Carballido presentaba La danza que sueña la tortuga; en la Galería Prometeo se celebra la exposición Confrontación Internacional de Arte Experimental y el artista Raúl Anguiano pinta Na-Kin, mujer de la selva. Al mismo tiempo, Juan Rulfo publica la novela Pedro Páramo: un mundo de muertos, de sombras, venganzas y amores frustrados; universo donde el tiempo se seca y los murmullos de los personajes salen al paso para contar sus tristes historias.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, emparentado con funcionarios estatales, escribanos y campesinos afectados por la Revolución, nació en Sayula, Jalisco, el 16 de mayo de 1917. En 1923 su padre muere asesinado, y Juan ingresa a un internado religioso que cierra por la explosión del conflicto religioso apodado la Guerra Cristera. En los años inmediatos, el joven Rulfo presenciará cómo en nombre de Dios o el Gobierno se mata o se muere. De carácter seco, retraído, introvertido al máximo, Rulfo, a la par que concluye sus estudios básicos,  es un ávido lector de Salgari, Dumas, Víctor Hugo. Mientras tanto, los llanos jaliscienses se llenan de sangre y de los árboles penden ahorcados. A mediados de los treinta, el futuro escritor trabaja en el Archivo de Migración del Distrito Federal como agente viajero; también fue censor cinematográfico, vendedor de neumáticos y, finalmente, responsable del Departamento Editorial del Instituto Nacional Indigenista, donde permanecerá hasta su muerte, ocurrida en enero de 1986.

Juan José Arreola, miembro del consejo de redacción de la revista Pan, le pública en 1942 sus relatos Macario y Nos han dado la tierra; a partir de ahí, el tiempo del horario burocrático es aprovechado  para dar rienda suelta a la creación. En 1953 salen a la luz pública los relatos que dan forma a El llano en llamas.

Las obras de Rulfo se convierten en una turbación no sólo entre los lectores, sino para una industria cinematográfica que para entonces agoniza, entre otras razones, por el abuso de las fórmulas temáticas. En efecto, interpretar en imágenes fílmicas el intenso mundo rulfiano es un reto más que apetecible; pero ¿cómo contar en cine un argumento que en el original literario es narrado tanto por los rumores de los personajes, como por las sombras de la historia? Cineastas nacionales y extranjeros se aproximarán a la obra de Rulfo para conseguir o intentar, al menos, una visión propia del modelo.

Es ya legendaria la brevedad de la obra de Rulfo; acaso por este cuentagotas la adaptación fílmica se haya descubierto más a gusto con el relato corto. El primero fue El despojo, filmado en 1960 por Antonio Reynoso, quien dijo al respecto: «Rulfo hace sus escritos como un script. Él está viendo imágenes y describiéndolas; tiene otro tiempo y otra realidad. Tal vez por eso se ha dicho que es mágico. México tiene esa calidad. México es mágico, no surrealista. El surrealismo es europeo, lo mágico es nuestro». Vinieron después La fórmula secreta y Los murmullos, dirigidos por Rubén Gámez en 1964 y 1974 respectivamente; Que esperen los viejos, de José Bolaños en 1976; El hombre, de  José Luis Serrato hecho en 1978; Talpa, de Gastón Melo, filmado en 1982; Tras el horizonte, realizado por Mitl Valdez en 1984; Agonía, dirigido por Jaime Ruiz Ibáñez en 1991; Tequila, otra incursión de Rubén Gámez  en 1992, y Un pedazo de noche, hecho en 1995 por Roberto Rochín.

Para la Filmoteca de la UNAM es un orgullo poder colaborar con esta edición del Festival de Huesca dedicada al cortometraje inspirado en la obra de Juan Rulfo. Inspirado en ella quizás, mas no trasplantada. O como señaló en su momento el reincidente Rubén Gámez: “por mucho tiempo he creído que la única opción que existe para que lo de Rulfo tuviera una representación cinematográfica digna y que de alguna manera se acercara a su excelencia literaria, sería trastocarlo”.

Filmoteca de la UNAM

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