30ª Edición

2002

Aki Kaurismäki pertenece a ese reducido grupo de cineastas que sobreviven libres contra el viento y la marca movidos por una industria miedosa que no se arriesga a lanzarse a la arena y, mucho menos, a enfrentarse a un público distinto que no sea el acomodaticio y superficial que acude a las salas con regularidad. A veces, sin embargo, los mercaderes del cine se llevan la sorpresa y es el público el que distingue y reconoce lo que realmente vale la pena y lo que no es sino carnaza.

Kaurismäki es el ejemplo del cineasta cinéfilo que ama el cine y que en vez de aprovecharse de él lo utiliza para mostramos un mundo soñado pero basado en la más cruda realidad. Una mirada pesimista como la del proletario que ve como se le va pasando la vida sin posibilidad de encontrar ninguna salida, triste como el que se encuentra ante lo cotidiano sin capacidad de cambiar nada, lacónico como aquéllos a quienes se les niega el pan y la palabra, ajustado a decir justo lo necesario, lo escueto, en medio del ruido y la palabrería vacua que hacen incómodo el vivir en sociedad… Y sin embargo no es el cine de este máximo representante del cine finlandés y europeo actual un cine incómodo o de minorías. Es, sí, el cine hecho por un poeta del mundo y de la imagen que siempre nos mostrará una esperanza, un resquicio para el amor y la liberación.

Desde comienzo de los años ochenta, su filmografía se ha ido imponiendo y admirando, encontrando cada vez más seguidores capaces quizá de hallar esa lectura personal e inimitable del mundo que nos rodea, pues si bien sus obras se centran en los entresijos de la sociedad y el mundo de su país, también nos muestran una visión generalizada. Un cine que ha llegado a miles de conciencias capaces de descubrir en sus imágenes, en sus elipsis y en sus ricas sugerencias, lo más profundo del ser humano y los escondidos y oscuros motivos que mueven a la sociedad actual.

Uno de los primeros trabajos de Aki Kaurismäki fue una larga crítica de "La edad de oro", y desde entonces Buñuel fue una de sus referencias permanentes. Pero el Festival de Cine de Huesca no le otorga el premio internacional que lleva el nombre del genial calandino sólo por eso, sino por el conjunto de una obra coherente, homogénea, honrada e insobornable; una obra que nos toca el corazón y nos hace reflexionar como pocos cineastas consiguen hoy.

Alberto Sánchez Millán

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