23ª Edición

1995

Arturo Ripstein, como casi todos los cineastas latinoamericanos, es poco conocido para el público español. Aún así ha resultado premiado en prácticamente todos los festivales españoles a los que ha venido (en 1993 fue Concha de Oro en San Sebastián) y, mal que bien, ha podido ver estrenadas en nuestro país al menos cuatro o cinco de sus películas (recientemente "Principio y fin" y "La reina de la noche") mientras en televisión, a horas de madrugada como es habitual, se han podido ver otras tres o cuatro. En cualquier caso es un director que representa gráficamente los avatares, dificultades y calidades del cine mexicano de los tres últimos decenios.

Asistente y amigo de Luis Buñuel, surge a la luz con su primera película en 1965. Se trata de "Tiempo de morir" basada en una historia de Gabriel García Márquez con guión del mismo autor colombiano y del gran novelista mexicano Carlos Fuentes. Sólo tenía veintiún años y aparecía como una de las más jóvenes promesas en la renovación de un cine mexicano que se había dejado sus épocas más gloriosas en los años cuarenta y cincuenta.

A pesar de sus prometedores inicios sufrirá treinta años de alternativas, éxitos, disgustos, películas censuradas, trabajos frustrantes no deseados, hasta llegar a un último decenio donde, cuando menos la crítica nacional e internacional, se le reconoce una depuración y calidad en su obra que lo hace destacar como uno de los tres o cuatro mejores directores de América Latina y el mejor director mexicano en activo.

No ha sido su carrera fácil y limpia dentro del duro y económica y administrativamente dislocado panorama mexicano. Como él mismo dice antes era un profesional de la dirección que vivía de su trabajo, ahora es un autor que intenta hacer una película personal cada dos años y sobrevivir con otros trabajos colaterales el resto del tiempo. Aún así su capacidad de exigencia y superación y su continuada colaboración desde 1985 con la guionista Paz Alicia Garcíadiego le han llevado a realizar en estos últimos diez años cinco excelentísimas películas sin altibajos ni discontinuidades. Se trata de "El imperio de la fortuna" (1985), "Mentiras piadosas" (1988), La mujer del puerto" (1991), "Principio y fin" (1993) y "La reina de la noche" (1994). Con ellas enlaza con una visión obscura y turbadora de la menos agraciada y más cruda realidad de su país. Con ese continuado deseo de apasionar y zarandear al espectador sus treinta años de trabajo le han llevado a ser uno de esos grandes y poco conocidos autores del cine mundial que todo festival y, como no, todo distribuidor y exhibidor, tiene la obligación de hacer llegar a un público cansado ya de las mismas historias y las mismas narrativas. Esos pocos grandes directores que son capaces de no dejar indiferentes a sus espectadores.

Manuel Pérez Estremera

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